| Ganadería vs. Agricultura: El balance de Carbono que desafía los paradigmas productivos en la región pampeana |
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14-07-2026 - Esta noticia fue copiada del medio: Infocampo
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La ganadería ha sido históricamente señalada como uno de los principales responsables de la emisión de gases de efecto invernadero. Sin embargo, este enfoque punitivo está cediendo paso a un discurso mucho más sofisticado y matizado, impulsado por la necesidad de basar las políticas ambientales en datos científicos rigurosos en lugar de generalizaciones.
Para el sector agropecuario, el desafío actual no es solo reducir emisiones, sino comprender integralmente su metabolismo; pasar de una visión defensiva a una proactiva requiere herramientas de precisión que permitan auditar los flujos de carbono con honestidad técnica.
Este sector, a diferencia del energético, la industria o el transporte que operan exclusivamente como emisores netos, posee una ventaja competitiva biológica: la capacidad de «secuestro» de carbono.
Mediante la fotosíntesis, las plantas funcionan como bombas que succionan el dióxido de carbono de la atmósfera para fijarlo en la biomasa y, fundamentalmente, en el suelo. Esta capacidad de captación convierte al manejo agronómico en un factor diferenciador capaz de transformar un sistema productivo en una herramienta de mitigación climática.
Bajo esta premisa, un estudio desarrollado por la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA), publicado recientemente por el sitio de divulgación científica Sobre La Tierra, se ha convertido en la brújula necesaria para entender estos fenómenos en la práctica real.
Tres años de contabilidad de Carbono en tiempo real
La variabilidad climática de la Región Pampeana exige mediciones prolongadas y tecnología de última generación para capturar la verdadera dinámica de los gases.
En este contexto, la investigación liderada por Ulises Marconato, docente de Ecología en la FAUBA, estableció un hito al realizar una «contabilidad» de carbono en tiempo real durante un ciclo de tres años (2018/2021), un periodo que permitió observar el comportamiento del sistema ante diversas condiciones ambientales.
El experimento se desarrolló en el partido de Carlos Casares, provincia de Buenos Aires, comparando dos modelos de uso de la tierra:
Sistema agrícola: Una rotación típica pampeana de tres años que incluyó maíz, trigo, soja de segunda y soja de primera. Sistema ganadero: Un pastizal natural bajo un esquema de pastoreo rotativo.
La metodología empleada fue disruptiva: se instalaron sensores de dióxido de carbono de alta precisión para monitorear el intercambio gaseoso entre el suelo, la vegetación y la atmósfera.
Pero el factor que redefinió los resultados fue la inclusión del carbono «exportado»: la investigación no solo midió lo que las plantas capturaban, sino que restó meticulosamente el carbono que sale del sistema en forma de granos cosechados y carne producida. Esta visión integral permitió arribar a resultados contundentes que redefinen la relación de fuerzas entre ambas actividades.
El marcador del Carbono: Análisis del balance neto (Agricultura vs. Ganadería)
La dinámica del carbono es un juego de sumas y restas donde la fotosíntesis es solo el ingreso bruto; el balance neto depende de cuánta de esa energía se queda efectivamente en el ecosistema.
El estudio demostró que, aunque un cultivo crezca vigorosamente, su destino final como producto comercial determina su huella ambiental. Los ciclos biológicos son eficientes, pero la intervención humana en la cosecha altera drásticamente el resultado final.
La comparación directa de los balances acumulados en tres años reveló una brecha profunda:
Pérdida en agricultura: El sistema agrícola, a pesar de su alta tasa de fijación durante el crecimiento de los cultivos, resultó ser una fuente neta de emisiones. Perdió casi 2 toneladas de carbono por hectárea en el periodo estudiado. La razón técnica es clara: el 70% del carbono fijado se retiró del campo dentro de los granos cosechados, dejando un saldo negativo en el suelo. Ganancia en ganadería: Por el contrario, el pastizal bajo pastoreo rotativo se comportó como un sumidero excepcional. Capturó menos carbono total que los cultivos, pero el 96% de lo fijado permaneció en el sistema (raíces, suelo y microorganismos). Solo el 4% se exportó como carne, resultando en un superávit neto de 4 toneladas de carbono por hectárea.
A partir de estos datos, Marconato estableció una «regla práctica» para la planificación del territorio: en la Región Pampeana, una hectárea ganadera tiene la capacidad de compensar las pérdidas de carbono generadas por dos hectáreas agrícolas.
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que la degradación del balance de carbono ocurre principalmente durante los «tiempos muertos». La sostenibilidad del suelo se ve comprometida cuando el ciclo fotosintético se interrumpe, pero la actividad biológica subterránea persiste.
El suelo es un organismo vivo que «continúa respirando» carbono hacia la atmósfera incluso cuando no hay vegetación en la superficie para compensar esa pérdida.
El estudio identificó que los barbechos —que representaron el 40% del tiempo total en la rotación agrícola— fueron los periodos de mayor fuga de carbono. Durante estos meses, los organismos del suelo descomponen la materia orgánica y liberan CO2 sin que exista una contraparte de captura.
Como solución, la investigación señala a los cultivos de cobertura (o de servicios) como la herramienta clave: implantar vegetación en estos periodos permite transformar meses de pérdida neta en meses de fijación activa, inyectando carbono al suelo y mejorando el balance global. Este cambio en la gestión del paisaje es fundamental para detener la sangría de carbono en los sistemas agrícolas puros.
Roberto Fernández, investigador del IFEVA (CONICET/FAUBA) y coautor del estudio, sostiene que la solución no radica en la exclusión de actividades, sino en una mirada sistémica que supere la dicotomía agricultura/ganadería. El objetivo debe ser la gestión del paisaje como una unidad funcional donde la compensación espacial juegue un rol central.
Fernández enfatiza una advertencia crítica: «Espacio y tiempo no son equivalentes». Si un suelo se degrada por décadas de agricultura intensiva, intentar recuperar ese carbono perdido mediante la transición a la ganadería puede tomar mucho tiempo, quizás varias décadas.
Además, el estudio advierte que el acto de arar un pastizal para pasarlo a agricultura tiene un «costo» inmediato y masivo en términos de destrucción de stocks de carbono acumulados. Por ello, la propuesta es el modelo de mosaico: combinar ambas actividades en el mismo paisaje para que las áreas ganaderas funcionen como anclajes de estabilidad ambiental que compensen, en tiempo real, las deudas de carbono de los lotes agrícolas. Sin embargo, para escalar este modelo, el sector enfrenta desafíos estructurales en la medición.
Queda científicamente validado que la ganadería rotativa no es solo un negocio de producción de proteína roja, sino una herramienta de servicios ecosistémicos de alto valor. Para el productor moderno, estas hectáreas de pasturas y alfalfa dejan de ser un simple componente forrajero para transformarse en activos ambientales estratégicos, capaces de balancear la huella de toda la operación.
El camino hacia una agroindustria competitiva exige basar las decisiones agronómicas en la certidumbre científica y en datos generados en nuestro propio suelo. Al integrar la ganadería manejada y los cultivos de servicios en un esquema de mosaico, Argentina no solo asegura la salud de su recurso más valioso, el suelo, sino que se posiciona como un referente global de producción sostenible, transformando el desafío climático en una oportunidad de diferenciación y liderazgo productivo.
Fuente; Infocampo |
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